En Pierre Menard, autor del Quijote, J. L. Borges dice una frase que desde que la leí por primera vez me gustó mucho: “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”. Como explica en seguida, se refiere a que “una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía”.
Este pesimismo sobre la actividad intelectual, equiparable en algún punto al de los fieles reformados con respecto a su rol en su propia salvación, resulta sumamente liberador. El reconocimiento de que nuestra intervención intelectual, nuestra obra, no va a ganarnos el cielo, puede liberarnos de la angustia de pensar que en el último tribunal deberemos dar cuenta de cada uno de nuestros actos.
Quienes tenemos alguna relación con el mundo académico y aspiramos a vivir de nuestro trabajo intelectual, tenemos la tendencia a sobredimensionar el peso de nuestras intervenciones textuales. Quizás por la conciencia de que nuestros textos (y su aceptación en la comunidad académica) serán nuestro medio de vida, pensamos demasiado antes de escribir algo y hacerlo público.
A veces es dificil luchar contra esa percepción fatalista, y así como el fiel que no puede librarse de la angustia recurre a su credo, nosotros quizás deberíamos recordar a Borges.
Un blog ofrece un buen espacio para escribir sin pensar demasiado en las formas ni en consecuencias. Es un buen ejercicio. Escribir por escribir, sin temor a equivocaciones, sin preocuparse de más por buscar referencias, etc. La hoja en blanco nos ofrece ese espacio para depositar nuestras ideas, armarlas, desarmarlas, reordenarlas. Particularmente, el blog además guarda una cierta conexión ontológica con el género epistolar y el diario íntimo, y comparte con ellos su función en el robustecimiento de la subjetividad individual, la introspección y el autoconocimiento. El blog entonces puede ser nuestro campo de entrenamiento. Un lugar donde pensar, escribir, borrar, opinar y discutir, sin miedo ni angustias.
Una de esas personas cuyos pensamientos son más públicos que profundos, José Pablo Feinman, hace algún tiempo dijo “en Argentina no hay pelotudo que no tenga un blog”. Afortunadamente es así (aunque, lamentablemente, quedan muchos que no tienen acceso a ello). Por suerte, también, no todos lo usamos de la misma forma. Pero incluso si nada de valor se escribiera en un blog, ¡qué bueno que podamos escribir nuestras boludeces sin que pelotudos como Feinman lo puedan evitar!
