Un elemento central de lo que se ha dado en llamar la Web 2.0 es la creación de servicios de red social. Aunque “red social” es un concepto bastante amplio, no sólo en Internet, en este caso lo voy a utilizar para hablar de los servicios típicos de la Web 2.0 como Facebook, MySpace o Twitter. En este sentido, lo distingo de las más tradicionales formas de comunidades online que se creaban en torno de foros, listas de correo o grupos de noticias.
Cuando se hace una historia de las redes sociales en Internet se suele comenzar por Usenet, para después pasar por listas de correo y foros, hasta llegar a los servicios modernos a los que yo me refiero como redes sociales. Este enfoque es válido, en la medida en que se pueden observar varios elementos de continuidad entre esos distintos sistemas y su utilización.
En efecto, todos surgen de la misma necesidad de las personas de comunicarse y como distintas formas de emplear Internet como medio para establecer relaciones sociales. También se puede pensar que cada nuevo eslabón en la cadena retoma aspectos del anterior, quizás dandole un nuevo sentido en el marco de una nueva dinámica. Por ejemplo, la creación de threads de mensajes en una lista de correo se traduce en threads de un foro al relacionar cada mensaje con un “padre” a nivel base de datos. Luego el surgimiento de perfiles de usuario en el foro se resignifica en una red social, de la cual pasa a ser el centro lógico.
Sin embargo, lo que me interesa a mí en este caso es hacer énfasis en las rupturas; y particularmente en la ruptura que establecen las redes sociales con respecto a su pasado. Porque uno de los aspectos centrales que se modifica en el paso del foro a Facebook (para ser gráfico), a nivel de la experiencia del usuario, es que el foco pasa a estar en el usuario mismo.
El foro (al igual que la lista de correo, el grupo de noticias, o la sala de chat) es un ámbito más o menos reducido, donde gente de distintos lugares se congrega para discutir un determinado tema. Más allá de si ese tema es de lo único que se habla (que no suele ser el caso), lo que reune a los miembros de ese grupo es un tema de interés común. En el centro está el tema, y en torno a él se congrega una comunidad. En esa comunidad uno puede ser más o menos conocido en función de su participación. En general la participación misma en el grupo supone la conformación de una identidad (aunque más no sea una identidad dentro de ese colectivo). Para acceder a un foro, una sala de chat o una lista de correo, lo único que se nos pide es un nombre (real o inventado). La construcción de nuestra identidad en esos ámbitos pasa por la elección de ese nombre y, fundamentalmente, por nuestra participación: nuestra actitud, nuestros conocimientos sobre el tema en cuestión, nuestro respeto (o no) a las reglas estipuladas por el grupo, etc.
Esto cambia radicalmente con la aparición de redes sociales como Facebook. Allí lo central no es un tema, sino el usuario: el individuo. Esto tiene consecuencias muy importantes en distintos aspectos. En primer lugar, la inexistencia de un tema que limite el espectro de participantes a priori, supone que todos estamos bienvenidos a participar. Ello abre la puerta a la masividad alcanzada por sitios como Facebook, inimaginada por sus antecesores. Esto repercute tanto en los retornos económicos que una empresa como Facebook puede tener, como en la infraestructura necesaria para soportar un tráfico tan alto, lo cual supone una reingeniería de tramos clave de los servicios web (piensese en los cambios al protocolo HTTP propuestos por Google, el cloud computing, la relativización del paradigma de bases de datos relacionales, etc.). Pero, lo que más nos interesa aquí, este esquema supone una forma distinta de relación entre nosotros, de creación de comunidades y de construcción de identidades. Una forma basada en la exaltación del individuo.
En las redes sociales como Facebook, el punto de partida es la configuración de un perfil de usuario. Ese proceso supone la (re)construcción de la propia subjetividad a partir de la publicación de determinados datos personales (con las elecciones íntimas que ello implica). A tal punto este perfil es el centro de nuestra experiencia de usuario, que sitios como Facebook o LinkedIn nos indican el “porcentaje de completado” de nuestro perfil. Es decir, solamente alcanzamos la plenitud en la medida en que hacemos pública una serie de datos personales básicos. ¡Vaya perversa forma de pensarlo!.
Entonces a partir de esta situación específica y diferente de las redes sociales, el conjunto de nuestra experiencia se transforma. Ya no somos miembros de la “comunidad de Facebook”, como podíamos ser miembros de la “comunidad del foro de amantes de los juegos de aventura gráfica ambientados en islas de monos” o del “grupo de usuarios de Slackware”. Somos más bien individuos, tributarios de Facebook, que a su vez podemos congregarnos en comunidades surgidas al interior de Facebook. Pero me atrevo a pensar que Facebook tiende más a reproducir relaciones y comunidades externas que a generar nuevas. Al menos en mi uso personal de Facebook, me ha servido más para retomar o mantener el contacto con grupos de amigos externos, que para crear nuevas amistades. Incluso la cotidiana exposición a las aburridas intimidades ajenas, tiende a generarme desprecio por gente que antes simplemente me resultaba indiferente. Y no dudo que mis intervenciones causarán el mismo tipo de molestias en algunos de mis contactos. Pero, ¿cómo podría ser de otra forma si se trata de un universo donde no nos juntamos para discutir un tema en común o hacer cosas juntos, sino que nos asomamos a la intimidad de un montón de ególatras que pasan horas al día definiendo y redefiniendo su perfil público?.
Es desde este punto de vista que veo a las redes sociales como una exaltación del individuo. Y si elijo poner de relieve este aspecto, no es desde una perspectiva fatalista o nostálgica, sino para saber qué esperar y qué no esperar de ellas. Creo que para llegar a una problematización profunda de estos fenómenos tan nuevos y significativos, debemos tener en cuenta factores como éste.

